CAPITAL FEDERAL, Junio 06.-( Por Alfredo Zaiat) El universo de manosantas, curanderos, clarividentes y brujos se nutre de la demanda de clientes angustiados por motivos diversos. Todos ellos, más o menos inescrupulosos, están unificados por lo mismo: el fraude ante la desesperación. Pese a que no pocos depositan esperanzas en esos mercaderes del dolor físico o emocional, no son aceptados en el ambiente de las ciencias y ni políticos o referentes sociales se animan a proponer la formalización de esas actividades.
En forma coloquial se los denomina chantas, algunos operando en la ilegalidad y otros en los límites. En el mundo de las finanzas también intervienen personajes y compañías que si no fuera porque están socialmente aceptados y cuya institucionalidad está admitida por el poder, se ubicarían en espacios cercanos a ese grupo observado. Las calificadoras de riesgos son entidades que sólo continúan operando porque han sido funcionales a fortalecer la hegemonía de las finanzas globales. Reúnen la complicidad de sus beneficiarios y de líderes políticos que no se animan a borrarlas del escenario del sistema financiero.
El Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, ha sido contundente con las calificadoras. En una reciente columna de opinión publicada en The New York Times escribió: para muchos puede ser “reconfortante pretender que la crisis financiera fue causada solamente por errores honestos. Pero no fue así. Fue, en gran parte, el resultado de un sistema corrupto. Y las calificadoras de riesgo fueron una gran parte de esa corrupción”.
La labor de
“Usaron intimidación para crear un grupo de analistas dóciles con miedo a enfadar a los bancos de inversión y listos para cooperar en la mayor medida posible”, declaró Froeba. Frente a esas declaraciones, el presidente de Moody’s, Raymond McDaniel, tuvo que admitir ante
Krugman ofrece un dato demoledor para las calificadoras de riesgo, negocio dominado por Moody’s, Standard and Poor’s y Fitch: los miles de títulos con garantía de las hipotecas subprime con la máxima calificación AAA en 1996 hoy están en un 93 por ciento degradados a la categoría de basura. No han sido pocos esos bonos emitidos. Moody’s “evaluó” más de 9000, según se informó en esa comisión del Senado estadounidense. En su columna del 21 de abril pasado, Krugman relata que esas agencias comenzaron como “investigadores de mercado” para que los inversores estudiaran la posibilidad de comprar bonos de deuda de empresas. Esa tarea se transformó en algo diferente: las agencias empezaron a ser contratadas por firmas y bancos para que brinden un sello de aprobación.
Este “llegó a jugar un papel central en nuestro sistema financiero en su conjunto, especialmente para los inversionistas institucionales como los fondos de pensiones, que comprarían los bonos si y sólo si recibieran esa codiciada calificación AAA”. Krugman dice que “era un sistema que parecía digno y respetable en la superficie. Sin embargo, produjo enormes conflictos de interés”. Bancos y empresas que colocaban deuda podían elegir entre las principales calificadoras para obtener una nota AAA. Entonces esas agencias para incrementar su propia facturación aceptaban las condiciones del emisor, relajando las normas de evaluación. Así concedieron riesgo casi nulo a esos bonos de activos hipotecarios subprime, mercado que se derrumbó provocando la peor crisis financiera del mundo desarrollado después del crac del ’29.
Pese a ese comportamiento técnico desastroso y de fraude en sus operaciones, la opinión de las calificadoras es requerida por el mundo mediático dominante y por los grandes fondos de inversión en la evaluación de los países. En la debacle del euro están profundizando la crisis de España y Grecia al rebajar las notas de sus bonos soberanos y de la deuda emitida por empresas de esa nacionalidad, en una dinámica perversa de destrucción de esas economías vía ajustes más privatización y fuga de capitales acelerada por esas evaluaciones.
Con el análisis de la economía argentina alcanzan uno de sus despropósitos máximos. La casi nula consistencia, rigurosidad y profesionalidad se expresa con impunidad en la valoración para Argentina. Fue ubicada en el fondo de la tabla de 110 países que monitorea Moody’s con una nota “B3” para su deuda, cerca del grado de default. Una rápida recorrida por el mundo permite observar que muchas economías elogiadas están en situa